Cayetano Romero

Cayetano Romero

Artista residente en Málaga, Licenciado en Bellas Artes y profesor de Expresión Volumétrica en la Escuela de Arte San Telmo de Málaga.

Ha realizado labores de comisariado en diversas exposiciones y participado en numerosas exposiciones tanto individuales como colectivas.

Las últimas de estas, en La Casa Fuerte de Bezmiliana en Málaga, en El Museo Casa de los Tiros de Granada, en El Museo Provincial de Málaga y en Los Reales Alcazares de Sevilla.

En el 2001, fue elegido para realizar junto al diseñador Antonio Herraiz La Biznaga del Festival de Cine de Málaga, estatuilla que se entrega a los galardonados en dicho certamen.

 

El amor y la palabra, ya sea la lectura o la escritura, suelen aparecer en la obra de Cayetano Romero. Pero no se manifiestan de manera tibia sino como lo que son: experiencias trascendentales y transformadoras para el ser humano, ámbitos de comunicación, descubrimiento, conocimiento y reconocimiento. Sus seres, los pequeños personajes que responden al nombre de iluminados, son siempre el soporte en los que se encarnan esas experiencias. No extraña entonces que la palabra, con su poder, los ilumine mientras se acercan y pululan por los rededores de un óculo que les comunica quizás con otra dimensión, con un mundo contenido en la literatura y la poesía que les irradiará como la luz que se halla encerrada en esos pedestales sobre los que se sitúan. Esas palabras, esas lecturas que quedarán grabadas en la piel de estos iluminados, los marcarán literal y metafóricamente. Quizá esto y sólo esto sea lo que los distingue entre sí. La palabra, reforzada por la luz, actuaría entonces como una metafórica aurora del sujeto, un amanecer o despertar en la conformación y madurez del individuo.

Cayetano Romero crea sus seres obviando, por lo general, cualquier rasgo fisionómico que los singularicen: son una suerte de arquetipos. La ausencia de esos rasgos diferenciadores, la soledad, la introspección, el vacío, lo desnudo o esencial y la contención sumergen sus obras en un ambiente plenamente metafísico. Resulta evidente que esa depuración, que esa concentración en la figura del ser humano y en algunas de sus capacidades que lo distinguen (el lenguaje, por ejemplo), escenifica ―nunca mejor dicho― una reflexión sobre algunos aspectos de la condición humana. Ese carácter neutro, unido a su escala, convierte a muchos de los personajes en proyecciones nuestras. Ante ellos, como si fueran una suerte de espejo, tal vez podamos reconocernos; tal vez podamos sentir cierta remembranza de episodios familiares como el descubrimiento de esas lecturas que nos transformaron mientras nos identificábamos con esas palabras o éstas nos descubrían con su luz un mundo que se nos invitaba a conocer mientras crecíamos. No en vano, aun pudiendo aludir a experiencias autobiográficas (lecturas que han acompañado a Romero a lo largo de los años o que remiten a períodos de su vida), exceden lo individual para devenir universal, ya que pueden ser reconocidas por todos.

La palabra y el amor parecen proveernos de una experiencia próxima a la del vértigo. Algunos de sus personajes se asoman al espacio por el que nace la luz. Un espacio, en rigor, cegador y que los comunica con algo desconocido. Otros, desde altas plataformas cual trampolines, parecen elevarse asomándose a un vacío sublime. Del mismo modo, parejas se besan en una suerte de espiral, de torbellino vehiculado por la palabra y el amor. Tal vez ansíe transmitirnos Cayetano Romero la extraña sensación de plenitud, de lo arrebatador de estas experiencias.

En la obra del artista onubense se concitan una serie de dialécticas. Por un lado el interior y el exterior. Si hay cuerpos macizos en los que la superficie adquiere gran importancia como soporte para la palabra, como en sus Iluminados, o para desarrollar un preciosista juego en el que texturas y roleos se apoderan de bustos, a veces llevando a la práctica un ejercicio de biomorfismo o comunión entre el Hombre y la Naturaleza por el cual las estilizaciones de vida vegetal parecen asimilarse a los sistemas circulatorio y nervioso, frente a éstos se hallan una serie de bustos permeables que tamizan la luz y proyectan formas en sus sombras. Algo similar ocurre con sus dibujos en fibra de vidrio, en los que el cuerpo adquiere cierta condición transparente o cuanto menos translucida. Éstos son un ejemplo de dibujo expandido, pues gracias a los gestos de recortar, plegar y coser se describe el cuerpo humano. Por otro lado, podemos señalar una dialéctica que bascularía entre el acto de recibir-conformar y el acto de proyectar. Esto es, cómo lo exterior, aquello que rodea al individuo le influye de manera tan decisiva que lo conforma como persona (el caso de la lectura), pero, del mismo modo, el individuo, en un viaje inverso, se proyecta en los demás, transmitiendo sus miedos y esperanzas, como se aprecia en algunas de sus durmientes, en las que parecen materializarse, nuevamente a través de la palabra, los temores y pesadillas propias. Una última dialéctica merece ser descrita. Nos referimos a aquella que se derivaría de lo uno y lo múltiple. Todos sus personajes responden a un arquetipo, a una reducción o economía representacional. Sin embargo, todos parecen ser distintos, iguales pero diferentes. La forma es compartida entre ellos, es común, pero el aspecto puede variar, quedando singularizados mediante esas texturas y palabras. Ésta es otra de las muchas metáforas que construye Cayetano Romero y en las que reconocernos.

Juan Francisco Rueda

Web: cayetanoromero.blogspot.com/

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